Pregunta: ¿Qué sientes cada vez que te reencuentras con el faro?
Respuesta: Siento nostalgia, en él viví mi infancia y adolescencia, pero, a su vez, me invade una gran pena. La realidad de su entorno es muy diferente a la que yo recuerdo.
Es más, si te digo la verdad, cuando voy a Los Caños de Meca (Lucas reside desde hace unos años en Granada) y veo la transformación que ha sufrido, me cabreo mucho; no lo soporto, no me siento cómodo.
Antes había seis casas; hoy, seiscientas. Es un tanto deprimente.
P. ¿Cómo fue esa infancia en un lugar tan único?
R. Recuerdo que estaba todo el día jugando junto al faro. No teníamos límites para movernos y era un auténtico lujo poder disfrutar de ese entorno tan natural, tan salvaje, tan libre. Estábamos ‘asalvajaos’
P ¿Sentías que vivías en un lugar singular, que, en cierto modo, eras un niño especial?
R. No, ni mucho menos. Allí nací y me crié. Para mí, todo era normal. De hecho, para ese niño lo que verdaderamente era especial era vivir en una casa, como la gran mayoría de mis amigos.
Evidentemente, con el paso del tiempo me di cuenta de lo privilegiado que era por vivir en un faro y, más aún, en el Cabo de Trafalgar.
P. ¿Cómo era vivir anclado al mar, a sus vistas, sonidos…?
R. Era impresionante y, sobre todo, tenía una sensación de libertad plena.
No obstante, para curiosidad de muchos, he de decir que dentro del faro no se oía el sonido del mar nunca, ni cuando había tormentas.
Los muros del faro son de más de un metro de grosor, así que era como estar en un búnker. Una especie de fortín en el que, por otra parte, teníamos que tener encendida la calefacción las 24 horas del día para no pasar frío.
P. Hablemos de tu padre, ¿siempre fue farero?
R. Sí, pero no siempre fijo en Trafalgar. Mi padre sacó las oposiciones en 1976 y, primero, estuvo trabajando para cubrir bajas y vacaciones en los faros de Ceuta, Tarifa, Punta Carnero, Chipiona y el propio Trafalgar.
Fue en 1986 cuando se estableció de forma definitiva en Trafalgar, en cuyo faro permaneció hasta su jubilación, en 2018.
Además del faro de Trafalgar, mi padre se hizo cargo de otros de esta franja litoral (caso de Roche, Sancti Petri o Barbate) no habitados.
Además, junto a Juan Martínez, el otro farero, también era responsable de todas las boyas de balizamiento.
Aunque pueda parecer un trabajo muy relajado, tenía que estar constantemente pendiente del buen funcionamiento de todos estos elementos de señalización.
Nunca olvidaré cuando alguno de ellos fallaba; saltaba una alarma que emitía un ruido infernal, insoportable.
P. Además de tu padre, sus dos hermanos también eran fareros.
R. Sí, ellos también sacaron las oposiciones y fueron destinados a Punta Carnero, en Algeciras, y Punta Candelaria, en Galicia. Este último, lo tuvo más difícil, ya que estaba más aislado, con la población más cercana a 18 kilómetros.